Amar mientras sano
Made Laine
Para todas las versiones de nosotros que siguieron esperándonos hasta encontrarnos.
A todas las personas que alguna vez sintieron que una parte de ellas se quedó esperando en algún lugar del camino.
A quienes aprendieron a sobrevivir antes de aprender a sanar.
Y, especialmente, a esa mujer que un día comprendió que no estaba rota.
Solo estaba intentando encontrarse.
Las historias siempre encuentran la manera de reconocernos antes de que nosotros aprendamos a reconocernos en ellas.
Dicen que existe una biblioteca que no aparece en los mapas.
Solo se deja encontrar por quienes alguna vez sintieron que su historia quedó en pausa justo antes del final.
Allí, en un lugar entre los recuerdos y los sueños, se guardan los finales inconclusos.
Historias que merecían más.
Historias que merecían un segundo capítulo.
Esta podría ser una de esas historias.
Una historia que llevaba mucho tiempo esperando ser leída.
No sé si alguna vez encuentres esta biblioteca. Pero si la encuentras, cuídala, porque quizás, entre esas páginas, también te esté esperando una historia.
Porque una biblioteca como esta no se encuentra.
Ella encuentra a quien necesita llegar.
Cuentan que allí no descansan las grandes novelas ni los libros famosos.
Allí viven historias que aún siguen buscando a la persona capaz de entenderlas.
Los libros esperan.
Y saben hacerlo con paciencia.
A la persona capaz de leerlos.
Una tarde cualquiera, una mujer caminaba sin saber muy bien hacia dónde iba. No buscaba respuestas.
Solo quería dejar de sentirse tan cansada.
Había días en los que todo parecía pesar demasiado.
Los recuerdos.
Las despedidas.
Las promesas.
Las cosas que nunca ocurrieron.
Y las que ocurrieron demasiado.
Caminó sin mirar demasiado por dónde iba hasta que se detuvo frente a una pequeña puerta de madera. No recordaba haberla visto antes.
Sobre la puerta colgaba un viejo letrero:
«La Biblioteca de los Finales Inconclusos»
Empujó la puerta.
Una campana sonó suavemente.
Al otro lado no había personas leyendo.
Ni mesas llenas de libros.
Había miles de estanterías antiguas.
El aroma del papel viejo.
Una tetera humeando sobre una mesa.
Y una anciana acomodando un libro con una delicadeza casi imposible.
Como si conociera aquella historia de memoria.
La mujer dudó un instante.
—Disculpe…
La anciana levantó la vista y sonrió. Como si hubiera estado esperándola.
—Llegaste.
La mujer miró hacia atrás.
Pensó que quizá hablaba con otra persona.
Pero la Biblioteca estaba completamente vacía.
—¿Me conoce?
—Todavía no.
La respuesta la desconcertó.
La anciana señaló una silla frente a la mesa.
—Siéntate.
La mujer obedeció sin entender por qué.
La anciana sirvió té en dos tazas.
Ninguna de las dos habló durante unos instantes.
La mujer tomó la taza entre las manos.
El calor le resultó extrañamente familiar.
—¿Qué lugar es este?
La anciana observó los estantes.
Después respondió con la misma calma que había puesto a preparar el té.
—Aquí viven las historias que todavía no han terminado.
La mujer sonrió con incredulidad.
—¿Y quién las escribe?
—A veces la vida.
A veces las personas.
Y, algunas veces…
las dos al mismo tiempo.
La mujer recorrió la biblioteca con la mirada.
Había cientos de libros.
Todos distintos.
Todos silenciosos.
—¿Puedo leer cualquiera?
Negó con suavidad.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no eres tú quien elige los libros.
Ellos te eligen.
La mujer soltó una pequeña risa.
No sabía si aquello era una broma.
La anciana se puso de pie. Caminó hasta un estante y pasó la mano por varios libros. Se detuvo frente a uno muy pequeño. Lo tomó con cuidado y volvió a la mesa.
Lo dejó frente a ella.
—Empecemos por este.
La mujer bajó la mirada y abrió el libro.
En la primera página solo había una frase.
Primera página
“Había una mujer que siempre dejaba enfriar el té.”
La tinta comenzó a moverse.
Capítulo I
El té que siempre se enfriaba
“Hay personas que pasan tanto tiempo esperando el momento perfecto que, sin darse cuenta, el presente se enfría frente a ellas.”
Había una mujer que siempre preparaba una taza de té.
La dejaba sobre la mesa.
Se prometía que la bebería enseguida.
Pero antes miraba por la ventana.
Después recordaba algo pendiente.
Respondía un último mensaje.
Pensaba en lo que había dicho.
En lo que no había dicho.
En lo que habría querido decir.
Y cuando por fin volvía a tomar la taza…
el té ya estaba frío.
Al principio creyó que era una casualidad.
Después se convirtió en una costumbre.
Y, sin darse cuenta, aquella costumbre comenzó a repetirse también en su vida.
Siempre esperaba un poco más.
Empezaría el lunes.
Llamaría mañana.
Descansaría cuando terminara todo.
Sería feliz cuando las cosas mejoraran.
Vivía imaginando el momento perfecto.
Y los días seguían pasando.
Una tarde preparó otra taza de té.
Como siempre.
La dejó sobre la mesa.
Se levantó para hacer una pequeña cosa antes de beberla.
Cuando regresó…
el vapor ya no estaba.
Se quedó mirándola durante mucho tiempo.
No sintió tristeza.
Sintió algo mucho más extraño.
La sensación de que aquella taza se parecía demasiado a ella.
Había esperado tanto el momento perfecto…
que se había perdido el momento verdadero.
Tomó la taza.
Bebió el primer sorbo aunque ya estuviera frío.
Sonrió apenas.
No sabía igual.
Pero seguía siendo té.
Y comprendió que algunas cosas no necesitan ser perfectas para seguir siendo valiosas.
Desde aquel día continuó preparando té.
Algunas veces todavía se enfriaba.
Pero otras veces…
lograba beberlo mientras aún conservaba el calor.
Y esas pequeñas victorias comenzaron a cambiar muchas otras cosas que nadie más podía ver.
La tinta dejó de moverse.
La mujer permaneció unos segundos con la vista fija en la última página.
Después cerró el libro despacio.
Levantó la vista hacia la anciana.
—¿Ella dejó de dejar enfriar el té?
La anciana sonrió.
—Algunas veces sí.
—¿Y las otras?
—Las otras… simplemente volvía a prepararlo.
La mujer bajó la mirada.
Aquella respuesta le pareció más hermosa que un final perfecto.
La anciana tomó el libro.
Lo devolvió a la estantería.
Antes de alejarse, dijo en voz baja:
—Hay personas que creen que sanar consiste en no volver a equivocarse.
Guardó silencio un instante.
Y añadió:
—Pero muchas veces, sanar solo significa volver a sentarse frente a una taza de té… antes de que se enfríe.
· Fin del adelanto ·
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